Sobre el concepto gráfico:
¿Por qué valijas y por qué zapatos?
Es difícil encontrar mejor imagen para simbolizar una telenovela que la de una chica pobre que llega del campo a la ciudad. Cuántas telenovelas están construidas sobre esta base: ella desciende del colectivo o del tren, tiene una mirada dulce, ropa anticuada, deja sus valijas a un lado, la cámara se aleja y ahí comienza todo. Quizás sea el guiño melodramático por excelencia, la chica inocente que no sabe nada del mundo, llega a un lugar desconocido entre gente desconocida y donde todo esta por empezar. La novela televisiva, hija moderna del folletín, es el género que distingue a Latinoamérica. Como afirma Jesús Martín Barbero “ningún otro género, ni el del terror, y no es que falten motivos, ni el de aventuras y no es que no haya grandes selvas y ríos, ha logrado cuajar en la región como el melodrama.” Melodrama, telenovela al igual que Latinoamérica, tan igual y tan diversa. Tan erótica en Brasil, tan graciosa en Venezuela, dicen que en Cuba la isla entera se para todos los días de 9 a 10 para ver la novela.
Las valijas, los zapatos sencillos, nos recuerdan el infinito retorno melodramático de los relatos televisivos latinoamericanos. Pero también porque una valija rememora un viaje y un relato lo es en cierto modo. Las valijas llevan algo, no son sólo maletas, son la imagen de un deseo, de un sueño. Encierran misterios, implican incertidumbres y senderos desconocidos, por descubrir. Las historias de Latinoamérica son como vías del tren, se cruzan, se separan. Lo que vemos por la ventanilla-pantalla es en parte un paisaje de nuestra realidad y en parte una imagen de ficción, de imaginación, la expresión de un deseo mágico.
Contar es soñar de algún modo. Es hacer soñar. El relato no tiene que ver con la verdad, sino que juega con ella, se acurruca en ella. Pero contar también es elegir. Es pararse ante el mundo y decir algo sobre algo, decirlo de la manera que uno elige. Cómo se lo cuente depende de nosotros y eso lo hace hermoso, lo hacemos con nuestra entonación, le ponemos las flores con nuestras palabras. Eso es contar, tomar la tradición de nuestras abuelas, nuestras madres, que nos contaban historias, que nos parecían tan reales, para que viajemos, para que soñemos.
Todo relato es un viaje en el que uno se embarca hacia lo desconocido, hacia lo novedoso.